Es muy frecuente en las entrevistas de devolución, es decir cuando después de evaluar al niño explicas a los padres los resultados, que aparezcan sentimientos de culpa en los progenitores. Incluso a veces ya en la primera entrevista los padres se culpan del sufrimiento de sus hijos, “la culpa es mía, tendría que haber hecho las cosas de otro modo”,”¿cómo no me he dado cuenta?”, son algunas de las frases que escuchamos.

La culpa es un sentimiento tan fuerte y doloroso que no deja pensar. Es como una espesa cortina de humo que impide ver  que hay detrás. Además va acompañada del miedo, miedo a enfrentarnos a la certeza de que hemos fallado, miedo a “ser una mala madre o un mal padre”. Nos invade también una sensación de fracaso:” le tendría que haber mimado más”, “no haberle consentido “…etc. Por todo ello es un sentimiento que paraliza y nos impide comprender por qué hemos actuado así.

Las cosas no se han hecho de otro modo porque en esos momentos no se tenían los recursos necesarios para hacerlas de otra manera. Lo importante ahora es aprender de la situación  y mirar hacia adelante cambiando las conductas que sean erróneas.

Culpa, ¿nos hemos equivocado?

Sí, somos humanos. ¿Que podríamos haber hecho las cosas mejor? Sí y muchas veces también peor, pero los niños no vienen con manual de instrucciones y aunque así fuera , los profesionales si tenemos esos conocimientos y también erramos con nuestros hijos, porque en la relación con ellos influyen muchas cuestiones, desde nuestra historia personal, nuestros rasgos de personalidad, nosotros como hijos y la relación que tuvimos con nuestros padres, nuestros deseos , nuestras frustraciones, nuestro estado de ánimo…son tantas cosas y ni siquiera de la mayoría somos conscientes de su influencia en nuestros actos.

Si nos detenemos en algunas de estas cuestiones como la de ser hijos, nos damos cuenta de que aprendimos a ser padres de nuestros progenitores y muchas de nuestras acciones las realizamos del mismo modo que ellos, y en otras, las que pensamos que más nos han perjudicado , hacemos todo lo contrario :”no quiero que mi hijo sufra con ésto como sufrí yo” “voy a darle todos los caprichos que yo no tuve” lo que nos lleva a “meter la pata”. O también cuando les comparamos con algún familiar cercano: “Es igual de cabezota que mi hermana”, “tan raro como su abuelo”, o simplemente “como te pareces a tu tía”, si estos familiares no están bien valorados en el entramado familiar sin darnos cuenta esa desvalorización se la transmitimos a nuestros hijos.

En lo que concierne a nuestros deseos o nuestras frustraciones las proyectamos en ellos , queremos que estudien o hagan aquello que nos hubiese gustado a nosotros, o nos enfadamos en demasía  si cometen nuestros mismos errores.

Nuestro estado de ánimo es también determinante, incluso desde antes de nacer el bebé. Hay estudios que muestran que si la madre padece ansiedad durante el embarazo dependiendo del trimestre el niño sufrirá una determinada patología, ya pero es que la madre no puede evitar tener ansiedad, como no se puede evitar tener la gripe. Correspondería al sistema de sanitario incluir en el protocolo al igual que se cuida la salud física de la madre atender a la salud mental. Una vez que el niño ha nacido  podemos pasar una mala racha en el trabajo con nuestra pareja…y si no estamos bien con nosotros mismos es imposible estar bien con los demás, pero no somos conscientes de ello.

Como vemos influyen tantas variables y estamos tan implicados  que es lógico equivocarnos a veces estrepitosamente con consecuencias dolorosas para los niños, necesitando la ayuda de un profesional que nos guíe a reconducir la situación.

Somos humanos olvidémonos de la culpa y esa energía que nos resta la utilizaremos en cambiar los modos de actuar que sean precisos y en ser felices con nuestros hijos.

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